Archivo de la categoría: Nobel

Dedicada a los autores ganadores del galardón.

Dora Bruder (Patrick Modiano)

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Dora Bruder (Patrick Modiano)

Un buen día, Patrick Modiano leyó en un viejo periódico parisino el anuncio por palabras de unos padres que buscaban a su hija, una adolescente de 15 años, residente en un céntrico barrio de París muy conocido por él mismo. Llamó su atención y este simple gesto hizo que se obsesionara hasta tal punto con recuperar la ignorada (lógicamente ignorada, como se ignoran los millones de vidas de toda aquella persona anónima) vida de esta chica, que dedicó tenazmente varios años a investigar sus jóvenes y perecederos pasos, con el resultado de una novela que es un grito desesperado por reivindicar a todos aquellos que no han dejado apenas huella alguna en este mundo. Esto significa que Dora Bruder es la consecuencia de la documentación constante de Modiano, y por tanto, no se trata de una novela, sino de la recopilación continuada de sus propias labores de “reconstrucción”. No hay ficción en Dora Bruder; y esto da escalofríos.

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Pero no nos quedemos en el simple anuncio por palabras; la vida de Dora Bruder no es únicamente triste por desconocida, sino especialmente por su funesto final: fue deportada a Auschwitz en 1.942.

Los Bruder era una familia judía inmigrante, procedente de Centroeuropa, si bien Dora era francesa, nacida en París. No obstante su triste final, a Modiano le interesaron más los orígenes de Dora, los de sus padres, su condición humilde, su carácter rebelde y todas circunstancias que rodearon su breve vida. Es decir, QUIÉN y POR QUÉ. Traslado aquí la cita sacada de una entrevista realizada a Modiano por el periódico El País (puede leerse completa aquí), que explica un poco el sentimiento que rodea a Dora Bruder: “[…] con el libro ya publicado, me llegó algo más de documentación sobre Dora. Y me planteé la cuestión de si merecía la pena reescribir la novela o no. Decidí que no. No soy historiador. Soy novelista. No importa tanto el resultado de la búsqueda como la búsqueda en sí. Así que la novela se quedó como está”.

Tengo que decir que no había leído una forma tan impresionante de reflejar el transcurso de unos hechos a través del tiempo desde “Crónica de una muerte anunciada”, de García Márquez.

El libro, (que ha sido de las mejores cosas que me han pasado este 2.017), se fundamenta en 3 ideas:

  1. el inclemente, cruel y riguroso paso del tiempo
  2. la vacuidad de las vidas de las personas anónimas
  3. la turbia época del colaboracionismo francés

Todas ellas tienen un halo de pesadumbre e injusticia, independientemente de cuál fuera el final de la pobre Dora. Dora Bruder es un agujero en la memoria. Modiano ha hecho con Dora lo que no ha podido hacer la Historia.

Dora Bruder

Patrick Modiano inauguró el Paseo de Dora Bruder en 2.015

 

Quo vadis (Henryk Sienkiewicz)

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Quo vadis (Henryk Sienkiewicz)

Finalmente empezó 2017. En este blog, el presente año comienza en el mes de Febrero. Palabrita de honor que soy una máquina con la lectura, pero ya sabéis eso de que los propósitos del año nuevo son bonitos de mirar. Pero desde el horizonte. Y que las ideas  de uno casi siempre viajan más rápido de lo que lo hacen tus dedos en un teclado, por lo que he tenido que posponer los post de todo aquello que he venido leyendo debido a ..”otros compromisos”. Oye, sin dar muchas explicaciones y quedas como Dios.

Total, que me he decidido a ponerme de largo con Quo Vadis, que para todos aquellos que no lo sepáis viene a ser “¿Quién va?”, pero en latín, que queda más aparente.

 

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Representación de naumaquia en El Coliseo, por Ulpiano Checa. 

En todas las novelas históricas se desarrollan una o varias historias personales dentro de un marco temporal en particular. También casi siempre pasa que ese marco sea lo más atractivo de la novela, cuando es solvente, está bien documentado y convincentemente contextualizado con la trama. Quiero decir que si te gusta la Historia entenderás lo que digo: que el autor consiga esa envolvente sensación de que tú estás allí. Independientemente de que el protagonista sea un tío/a aburrido/a o un personaje fascinante. Ése es el principal motivo que nos lleva a leer novela histórica. Porque en otro caso bastaría con leer novela, y punto.

 

Dicho esto, Quo Vadis se desarrolla (deslumbrantemente) en la Roma de Nerón. Este personaje llegó a ser emperador tras el asesinato de su tío, quien previamente lo había adoptado como hijo, Claudio.  Ha pasado a la Historia como un gobernante cruel, histriónico y extravagante. No se sabe hasta qué punto se le juzga desde la leyenda o desde las referencias contemporáneas a él que nos han llegado, pero lo cierto es que su terrorífica persecución hacia los cristianos parece suficientemente documentada.

 

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Famosa escena de “Quo Vadis” en que Ligia, hija de un rey bárbaro y esclava en Roma, es sacrificada junto a un toro para disfrute de los romanos en un festival.

 

Tomando el hilo de lo anterior acerca del marco histórico, sobre el planteamiento de Sienkiewicz en Quo Vadis: las tensiones políticas del momento, el funcionamiento de la política interior, la figura del propio Nerón (más o menos verídica), la exposición de la sociedad romana, especialmente de las clases altas pero también de las más bajas, consiguen que te veas estupendo con tu toga desde el momento que abres el libro.

En contraposición, las historias personales no me gustaron. La historia de amor es bastante ñoña (bella esclava enamora al amo), aunque no sé hasta qué punto la asocio al recuerdo de la famosa película que se rodó en los años dorados de Hollywood, donde por cierto no ha habido un Nerón más acertado en el mundo mundial que aquél de Peter Ustinov.quo-vadis-01-magazine-ined21

Las baladas del ajo (Mo Yan)

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Las baladas del ajo (Mo Yan)

‘Las baladas del ajo’ es una especie de Romeo y Julieta en la China de finales de los 80. Se desarrolla en un entorno rural en pleno régimen comunista, y creedme, no tiene nada de romántico. De primeras y como rasgo más obvio, la historia de Gao Ma y Jijun resulta bastante cruda (atención a los detalles amigos, porque estos tortolitos viven, para mayor escarnio, en el Condado Paraíso. Un no te digo ná y te lo digo tó).  Aunque eso es precisamente lo que uno espera cuando algo ha leído acerca de las condiciones laborales y vitales de los campesinos de la China más profunda. Ciertamente, no se trata de un relato dulce y placentero; como digo, tampoco se espera nada con este enfoque. No obstante, es sabida la cercanía de Mo Yan para con el régimen comunista chino, por lo que sorprende en cierta medida el enfoque que se le da al sistema en ‘Las baladas del ajo’.

En un análisis un poco más profundo, y por más que Mo Yan nos quiera transmitir la dureza de esta realidad…, ¿de verdad era necesario darle un toque tan… escatológico? Bien es cierto que, rebuscando un poco, podemos encontrar esos matices tan poéticos de los autores asiáticos, esas preciosas metáforas cuando describen a las personas, por ejemplo. Recuerdo un “tenía la cara redonda y blanca, como un huevo de cisne”; o también cuando relata la historia de una mujer a la que sus vecinos llamaban tapa de tetera por su gran belleza. ¿Bonito o no? Bien amigos, pues preparad vuestros estómagos, porque durante el resto de páginas de ‘Las baladas del ajo’ encontraréis montones de epítetos tales como heces, ventosidades, vómito, mucosidad, sangre, escupitajo, excrementos, pus, sudor. Casi siempre acompañados de adjetivos tan descriptivos como sucio, denso, maloliente, caliente, espumoso, infecto, hediondo, pringoso o nauseabundo. Creedme: no los cito al azar.

Dejando de lado el estilo y en lo que respecta al argumento de ‘Las baladas del ajo’  propiamente dicho, me gustaría realmente saber si existe un atisbo de exageración en algunos de los detalles que se vislumbran en  las tramas de los personajes. Como sucede a menudo, especialmente en las historias que se desarrollan en localidades pequeñas como Condado Paraíso, al final las vidas de sus habitantes de cruzan inevitablemente. De sus relaciones aprenderemos mucho de la concepción de la vida en la China más profunda. Aunque, ciertamente, algunos pequeños detalles suscitan mis dudas sobre su absoluta realidad. Por ejemplo: ¿será lo normal ese trato, físico y psicológico hacia los hijos?;  esas condiciones de vida, ¿están sobredimensionadas por Mo Yan para dramatizar aún más en lo que nos cuenta?; ¿es cierta esa falta de higiene?; ¿hasta qué punto son habituales algunas de esas absurdas costumbres? No puedo dejar de pensar que la acción se desarrolla en 1.987… eso es casi S.XXI.

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No obstante todas estas preguntas, creo firmemente que existen verdades incontestables en lo que vemos en ‘Las baladas del ajo’. Esas personas viven condicionadas de forma irremediable por un omnipresente y totalitario gobierno, reflejado en cada uno de los funcionarios y servidores del régimen, que controlan en nombre del Estado los movimientos de aquellos a los que, supuestamente, han liberado. Es dramático. Pero además existe, intangible pero evidente, un mundo de tradiciones y supersticiones que rigen sus destinos, y que a los occidentales (insisto, en pleno 1.987) se nos escapa un poco. Lo cual no hace que sea menos auténtico.

Para quien no lo sepa, Mo Yan es un seudónimo del autor, cuyo nombre real es Guan Moye, y que significa “El que calla”. Viene siendo una declaración de intenciones. Fue Premio Nobel en 2.012.

Conversación en La Catedral (Mario Vargas Llosa)

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Conversación en La Catedral (Mario Vargas Llosa)

Vargas Llosa es un autor un poco controvertido, por aquello de que mantiene una cierta actividad política medianamente notable, y además, en cierto modo mediatizada, puesto que es un señor que, por delante de muchos otros literatos, allá donde va le sigue una cámara. El caso es que, especialmente después de recibir el Nobel de Literatura en 2010, he venido notando que sigue manteniendo a muchos seguidores fieles, pero también puede presumir de tener unos cuantos detractores. Más por lo ideológico que por lo literario. Es lo que tiene posicionarse políticamente más allá del modo autor-protesta, por encima de que se trate de uno de los literatos más destacados del S. XX y XXI.

Dicho esto, Vargas Llosa es un escritor muy prolífico, y esto ya tiene su mérito, pero también muy versátil. No sólo cuenta con un consistente y sólido número de obras a sus espaldas (y en una gran parte son obras que no puede uno morir sin haber leído, especialmente en novela). Sino que también se ha movido con mucha soltura en otros géneros de la literatura sin despeinarse mucho ese pedazo de flequillo. Se sabe que es un gran amante del teatro, e incluso formó parte del elenco en ‘Los cuentos de la peste’.

Vargas Llosa en un momentazo de su actuación teatral. Túnica y pelo del mismo color, ¡qué acierto el Just for Men!

Vargas Llosa en un momentazo de su actuación teatral. Túnica y pelo del mismo color, ¡qué acierto el Just for Men!

En este sentido cabe destacar que, a pesar de que como todos los grandes autores tienen características que dan el toque personal al conjunto de su obra, Vargas Llosa es, en este sentido, bastante dúctil. Se adapta con facilidad a lo que está contando, situándose en un marco concreto y adaptándose a él, y no al revés (me atrevo a apuntar que suele ser lo habitual).

Sin embargo, también soy de los lectores que piensa que Mario Vargas Llosa tiene obras menores (es lo normal cuando se escribe tanto). Pero no es éste el caso de “Conversación en la Catedral”. Esta novela lo tiene todo: está bien escrita, con sencillez pero sin caer en tópicos, sigue un argumento que es lineal, pero que se desvía en el espacio y el tiempo lo debido como para crear interés en las historias paralelas, sin aburrirnos con aventuras vacías con las que rellenar páginas. Todo parece estar configurado al milímetro. Y uno no sabe hasta qué punto encajan las piezas hasta el mismísimo final. Osea, que además de todo, llega uno a la última página con cara de sorpresa.

Manuel Odría, mirando interesante a no se sabe dónde. Vistos así, ningún dictador infunde mucho respeto.

Manuel Odría, mirando interesante a no se sabe dónde. Vistos así, ningún dictador infunde mucho respeto.

Bien es cierto que la temática puede resultar un poco densa en ciertas partes. No esperemos un libro de aventuras épicas, porque no lo es, ni tiene tampoco un ritmo trepidante. “Conversación en la Catedral cuenta la historia de Zavalita, un joven periodista de “familia bien” en el Perú de los 50, en plena dictadura de Manuel Odría. Zavalita es alguien a quien no le gusta su vida, ni su país, ni su familia, ni su trabajo. Yo creo que refleja un poco la esencia de un Perú harto y cansado, humillado y roto. En estas conversaciones en el bar llamado La Catedral convergen gran número de personajes, relacionados en mayor o menor medida con el protagonista, pero que tienen mucho peso en la Historia del Perú que se nos está definiendo. Advierto que cada uno tiene su propia historia y si vienen o no a cuento es una cosa que puede provocar cierta confusión.

Me ha gustado cómo lo ha definido Antonio Méndez en la su crítica de “Conversación en La Catedral”, cuando dice: Aunque es un libro muy recomendable, la pluralidad de voces en existencias paralelas que confluyen al mismo tiempo y la experimentación cronológica puede resultar un tanto cansina para los lectores ubicados en la simpleza del best-seller.

De todas formas, me reitero en lo dicho: Mario Vargas Llosa tiene muchísimas obras. Si queréis amor: “Lituma en los Andes”. Si queréis humor: “Pantaleón y las visitadoras”. Si queréis crítica política: “Los cachorros” o “La fiesta del chivo”. Si queréis teatro: “Kathie y el hipopótamo” (que digo yo: si Ana Belén proragonizó esta obra en teatro, tampoco será para tanto lo de este hombre…). En fin, ¡barra libre de M.V.L. para todos, que yo invito!

 

 

Cien años de soledad (Gabriel García Márquez)

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Cien años de soledad (Gabriel García Márquez)

Nos vamos a atrever con una de las novelas más leídas, y consecuentemente, también más comentadas de la historia de la literatura: “Cien años de soledad”. No es fácil enfrentarse con un clásico cuando a la vez es de creación tan relaticamente reciente. Muchos de nosotros hemos leído la obra o al menos, sabemos de muchos conocidos que la han leído, hemos oido o tenemos nuestras propias impresiones y comentarios. También nos enfrentaremos a hablar un poco del realismo mágico, ese estilo tan particular de los países latinoamericanos que nos ha fascinado, y del que “Cien años de soledad” viene siendo un estandarte.

De esta obra, como digo, se ha dicho de todo. Vamos a intentar que este post recuerde lo más emblemático de la novela, intentando introducir alguna cosa nueva. A mí, particularmente, me sedujo desde el principio. No había leído nada de García Márquez hasta esa fecha. La historia de Macondo, la humildísima aldea nacida en medio de la nada, espejo de todas las ciudades del mundo porque, en realidad ¿qué ciudad nace siendo una gran metrópoli? Se ha hablado largo y tendido sobre si Macondo era o no un lugar real. Su autor siempre afirmó que no existía, pero parece ser que pudo inspirarse en un pueblo auténtico cercano a la selva colombiana: Aracataca, localidad natal de Márquez.

Macondo es una metáfora; del mundo occidental, del paso de la vida rural a la industrial, de la historia y evolución del mundo, en una palabra (me he prometido no ponerme muy petarda). De cómo algo pequeño se convierte en algo tan grande que acaba por resultar incontrolable. El progreso puede ser un espejismo de algo mejor. Vivir el crecimiento de Macondo a través de las sucesivas generaciones de los Buendía es, para mí, lo mejor de “Cien años de soledad”.

Por otro lado, podemos encontrar parelelismos con la historia real de Colombia, situándonos entre el S.XIX y XX, una época de movilizaciones, guerras e inestabilidades políticas.

La familia Buendía, hilo conductor de la novela y eje a través del cual seguiremos la evolución de Macondo, es la que nos permite atribuir carne, sentimientos, nombres y caras a las historias. Porque hablamos de generaciones de Buendías, encontrándonos en cada una de ellas a personajes con caracteres propios. En ocasiones,  con rasgos heredados de aquellos parientes que los precedieron y con los que suelen compartir nombre. Esto puede acabar resultando bastante complicado de seguir en ocasiones, por lo que no es extraño que en muchas ediciones de “Cien años de soledad” se incluya un árbol genealógico de esta familia.

Los Buendía de Cien Años de Soledad. Comunidad Lectora¿Qué decir sobre el realismo mágico? En pocas palabras, es la corriente literaria donde se da una interpretación de la realidad en la que se mezcla lo verdadero con lo imaginario, marcado por ciertos toques sobrenaturales. García Márquez fue un gran ejemplo de esta corriente literaria, entre otros. Podríamos citar también a Isabel Allende, Laura Esquivel o Juan Rulfo. Márquez atribuía a su abuela materna muchas de las historias extraordinarias que le habían contado, y que él utilizaba como inspiración en algunas de sus obras.

En general, “Cien años de soledad” es una novela que se lee relativamente bien, en especial la primera parte, donde Macondo es ese pueblecito pequeño que poco a poco vamos viendo crecer junto con la maraña de las vidas de sus habitantes. Es verdad, y lo oiréis comentar a muchos lectores, que la obra se pone más pesada a partir de su segunda mitad. El hecho de que los Buendía se multipliquen a lo largo del tiempo, y que muchos de sus nombres coincidan, hace que nos cueste seguir el hilo de la historia. Además, se dan situaciones cíclicas, que se repiten entre algunos de ellos a tarvés de los años. También es más tedioso cuando Macondo pierde aquel encanto humilde de sus inicios.

 

Estambul (Orhan Pamuk)

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Estambul (Orhan Pamuk)

Comencé este libro con muchas ganas. Ya sabéis: eso siempre te predispone a un resultado positivo, pero corres el riesgo de crear unas expectativas que finalmente pueden no llegar a cumplirse.

Llegué a Orhan Pamuk -como a tantos otros escritores no occidentales- a través de la concesión del Premio Nobel de Liteartura en 2.006. Esto, que a priori puede parecer una garantía, nos puede llevar a conocer los más áridos rincones de la Literatura. Porque no siempre lo considerado mejor es lo más fácil de consumir, en fin, el debate de siempre: calidad versus divertimento, y bla, bla, bla…

Y es que es totalmente cierto: hay novelas y autores imposibles, infumables para la mayoría; mientras que muchas obras que han conseguido grandes éxitos de ventas nos pasan por delante de nuestras narices sin que les prestemos atención, sólo porque las consideramos mayoritarias. Esto se resume en una sencilla palabra: los prejuicios.

Pero bueno, estamos aquí para hablar de “Estambul”, la original autobiografía de Pamuk que, sí, finalmente terminó por engancharme y dejar en mí ese sabor de boca tan especial que (afortunadamente) no se ha ido con los años.

Para los que no conozcáis Estambul os diré que es una ciudad fascinante, incluso para un primer contacto como turista estándar, puede dejarte embelesado en cuatro días con sus contrastes y su combinación de tradición y modernidad. Las calles, las casas, las zonas menos transitadas, y las más turísticas también… todo tiene un encanto especial si sabemos verlo. Así pues, éste fue otro elemento que me hizo llegar a este libro de lo más receptiva.

Ahora bien, aunque reconozco que me atrajo en un principio el hecho de que no se trata de una biografía al uso, y que la vida de Pamuk tampoco es que sea moco de pavo, según iban pasando los capítulos sí que se me hacía cada vez más denso el recorrer de su mano (es un decir, amigos) esta ciudad que tan bien conocía él, y que descubrí que tan, pero tan poco conocía yo. Orhan Pamuk es un científico de su ciudad natal, un auténtico fan fatal, entregado a recorrer sus avenidas y plazas una y otra vez desde su más tierna infancia, a fotografiar sus casas, dibujar las fachadas, los cruces de caminos, las calles menos pavimentadas, los restos arqueológicos menos conocidos, y los rincones más secretos. Esto le hace un erudito de Estambul aunque cueste unas cuantas de cientos de páginas darse cuenta. Sabe de lo que habla, y no se limita en exclusiva a contar lo que sabe de sí mismo, que también, sino a enmarcarlo de una forma milimétrica en la ciudad que tanto ama, y que fue testigo de todo cuanto relata.

Como digo, la vida de Orhan Pamuk no tiene desperdicio (¿por qué esta gente casi nunca tiene vidas aburridas?). Hijo de una familia acomodada pero cuyos padres vivieron una relación insatisfactoria e infeliz, el autor acaba marcado por esa ciudad tan mediterránea y oriental al mismo tiempo, mucho más de lo que yo misma puedo decir de que me marcó mi propia ciudad (y eso que, inevitablemente todos estamos marcados de alguna forma por el lugar donde crecimos).

Las fotografías antiguas de la ciudad, tomadas a menudo por un joven Pamuk, son un auténtico tesoro.

De verdad: es que este hombre es un virtuoso de Estambul (si se puede usar esta expresión) desde su más tierna juventud, con una entrega hacia su propia ciudad que no estamos acostumbrados a vivir. Será que suele deslumbrarnos más lo que hemos descubierto en nuestra vida adulta. Lo mejor de todo es que, cuando uno termina el libro, ese largo paseo que supone su lectura nos deja la sensación de compartir con Pamuk la pasión que, año tras año de su existencia y arropándole en cada capítulo de su vida, el autor vive por su ciudad. Llegamos a identificarnos con sus gustos, que recién descubiertos por nosotros, podemos llegar a comprender y compartir: el arte del detalle en los dibujos de Melling, por ejemplo, o sin lugar a dudas, las fotografías antiguas de las calles sucias, de los barrios pobres, sin pavimentar, mal iluminadas, los palacetes derruidos, consumidos por las llamas…

Una vista de Estambul del S.XVIII de Melling.

Opiniones de un payaso (Heinrich Böll)

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Opiniones de un payaso (Heinrich Böll)

Quién iba a pensar que éste iba a ser un libro sobre las reflexiones más amargas de un payaso. Sí, efectivamente, el filón del payaso triste no conoce horizontes, tampoco en lo literario. Porque, ciertamente, si bien hay pasajes en este libro donde la sonrisa es inevitable, por lo general lo termina uno con un sabor agridulce. La culpa de este devenir de sentimientos la tiene su protagonista: con y a través de él, te debates entre la comprensión y el compadreo, y la compasión. Hans, el tierno y conmovedor payaso abandonado que narra en primera persona cómo es su vida actual y pasada, llega a ganarnos a través de la pena, a parecerte un tío genial, abatido por las circunstancias pero finalmente digno. Y es que el dolor del amor es lo más democrático de este mundo. Por eso es tan fácil llegar al final del libro queriendo ser el amigo fiel del infeliz y sarcástico payaso.

“Marie se ha ido”. Machaconamente, Hans relata a través de conversaciones con algunos de sus amigos su pasado, su presente, y el poco futuro que se sospecha a sí mismo. Porque esta ruina emocional se acompaña de otra profesional y económica. El súmmun del drama es que, además, el protagonista se sabe merecedor en cierta medida de lo que le está pasando. Él es agnóstico, mientras que su mujer es católica. Ella lo ha abandonado por otro católico con quien, para más INRI (expresión que no pretende ser faltona, ojo), se ha ido de luna de miel al Vaticano. Que digo yo, ¿qué necesidad había de hacerlo todo tan doliente para el pobre Hans? ¿Eso esto ser más Papista que el Papa (si se me permite el guiño)? ¿No había un pack barato a Palma de Mallorca?

Por otro lado, las circunstancias políticas y sociales del momento habían provocado graves fisuras en la pareja, sosteniendo cada uno de ellos posturas, si no siempre enfrentadas, sí a menudo muy distintas. Hans no puede obviar que la política le atañe, que las reglas sociales le atañen, por más que él no tenga ningún interés en ellas. Böll aprovecha esta tesitura para darnos una mordaz visión social, política y religiosa de aquella Alemania. Para ello utiliza la perspectiva personal del propio Hans. Esto suele interpretarse como esa crítica feroz del autor al sistema, al consumismo, a la política demócrata-cristiana alemana y hacia algunas posturas de la Iglesia Católica más conservadora.

Voy a citar una de las partes que más me emociona de este libro, que leí hace tanto tiempo, pero sigo manteniendo marcadas:

“¿Quería [Marie] asistir de verdad al gran oficio solemne que se celebraría cuando Züpfner [su marido actual] fuera armado Caballero de la Orden de Malta entre cancilleres y presidentes? ¿Quitaría con la plancha, en casa y con sus propias manos, las manchas del hábito de la Orden? Cuestión de gustos; Marie, pero no es ése tu gusto. Es mejor confiar en un payaso que no cree pero que te despierta suficientemente temprano para que llegues a misa a tiempo y que si es necesario te paga un taxi […]. Mi jersey azul no necesitas lavarlo nunca.”

Las carnes gallináceas… ¿Para echarse a llorar? Bueno, lo mejor de esta novela es que, al fin y al cabo, quien nos cuenta la historia es un payaso, así que a menudo consigue arrancarnos una sonrisa mientras suspiramos y pensamos: “¡menos mal!” 🙂

Böll recibió el Nobel de Literatura en 1.972