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El ojo de jade (Diane Wei Liang)

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El ojo de jade (Diane Wei Liang)

diane-wei-liang-at-home-i-001Diane Wei Liang es periodista y es china; una de tantos intelectuales que han abandonado el país por diferencias con el Sistema Comunista Chino. Ciertamente, aquellos autores y creadores disidentes de algún tipo de régimen totalitarista cumplen en cierta medida, (con sus lógicos matices), con las siguientes premisas, que siempre aparecen reflejadas en su obra : crítica (más o menos evidente) al Gobierno del país de origen, un costumbrismo social que refleje la relaciones de aquellos que no aceptan el Sistema frente a los que se ven beneficiados por éste, y nostalgia por la patria perdida.

En “El ojo de jade”, y dentro de este patrón, nos encontramos con su protagonista, Mei Wang. Es una “joven” policía que deja su conveniente y acomodado cargo dentro del Ministerio de Seguridad Pública tras sufrir el acoso de un alto cargo. Imaginad el disgusto de los padres (chinos y contentos de serlo) de Wang. Es sólo comparable a cuando el director de cine Pedro Almodóvar anunció en casa que dejaba Telefónica para hacer cine. No contenta con esto, funda su propia consultoría de información. Ojo con el eufemismo, porque en China las agencias de detectives están prohibidas.

Con este rebelde bagaje la intrépida Mei intenta encontrar el ojo de jade, una valiosa joya desaparecida de un museo en plena Revolución Cultural. Ésta es la disculpa perfecta para que la trama se adentre en esta etapa de la historia de China, (recomiendo ampliar) combinando la Historia (con mayúscula) del país, con la historia (con minúscula) de la propia familia Wang.

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Una revolución cultural que es impuesta es toda una condena para ella misma. De hecho, imágenes como esta… ¡uf! dan bastante miedito.

 

¿Alguien más está viendo aquí las premisas del primer párrafo? Por si esto fuera poco, nuestra Mei está soltera (¡¡a sus 31 años!!), tiene a un hombre como ayudante, y también una hermana guapa, rica y triunfadora, en contraposición con la inteligencia, el valor y la audacia de Mei.

Dicho esto, entenderéis que encuentro el personaje bastante estereotipado. No obstante, la trama de novela negra de “El ojo de jade” está bien resuelto, aunque sin sufrir por mi parte grandes ataques de interés e irrefrenables ganas de saber cómo sigue. Lectura sencilla y agradable, pero poco más. A destacar el fondo social y cultural de una China cambiante, en plena transición entre la modernidad y la tradición, su efervescente economía y sus valores morales en horas bajas, la importancia del orgullo por lo propio y la atracción por las libertades occidentales. Podría seguir enumerando contrastes, que esto siempre queda muy erudito, pero vamos a dejarlo por hoy.

 

Las baladas del ajo (Mo Yan)

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Las baladas del ajo (Mo Yan)

‘Las baladas del ajo’ es una especie de Romeo y Julieta en la China de finales de los 80. Se desarrolla en un entorno rural en pleno régimen comunista, y creedme, no tiene nada de romántico. De primeras y como rasgo más obvio, la historia de Gao Ma y Jijun resulta bastante cruda (atención a los detalles amigos, porque estos tortolitos viven, para mayor escarnio, en el Condado Paraíso. Un no te digo ná y te lo digo tó).  Aunque eso es precisamente lo que uno espera cuando algo ha leído acerca de las condiciones laborales y vitales de los campesinos de la China más profunda. Ciertamente, no se trata de un relato dulce y placentero; como digo, tampoco se espera nada con este enfoque. No obstante, es sabida la cercanía de Mo Yan para con el régimen comunista chino, por lo que sorprende en cierta medida el enfoque que se le da al sistema en ‘Las baladas del ajo’.

En un análisis un poco más profundo, y por más que Mo Yan nos quiera transmitir la dureza de esta realidad…, ¿de verdad era necesario darle un toque tan… escatológico? Bien es cierto que, rebuscando un poco, podemos encontrar esos matices tan poéticos de los autores asiáticos, esas preciosas metáforas cuando describen a las personas, por ejemplo. Recuerdo un “tenía la cara redonda y blanca, como un huevo de cisne”; o también cuando relata la historia de una mujer a la que sus vecinos llamaban tapa de tetera por su gran belleza. ¿Bonito o no? Bien amigos, pues preparad vuestros estómagos, porque durante el resto de páginas de ‘Las baladas del ajo’ encontraréis montones de epítetos tales como heces, ventosidades, vómito, mucosidad, sangre, escupitajo, excrementos, pus, sudor. Casi siempre acompañados de adjetivos tan descriptivos como sucio, denso, maloliente, caliente, espumoso, infecto, hediondo, pringoso o nauseabundo. Creedme: no los cito al azar.

Dejando de lado el estilo y en lo que respecta al argumento de ‘Las baladas del ajo’  propiamente dicho, me gustaría realmente saber si existe un atisbo de exageración en algunos de los detalles que se vislumbran en  las tramas de los personajes. Como sucede a menudo, especialmente en las historias que se desarrollan en localidades pequeñas como Condado Paraíso, al final las vidas de sus habitantes de cruzan inevitablemente. De sus relaciones aprenderemos mucho de la concepción de la vida en la China más profunda. Aunque, ciertamente, algunos pequeños detalles suscitan mis dudas sobre su absoluta realidad. Por ejemplo: ¿será lo normal ese trato, físico y psicológico hacia los hijos?;  esas condiciones de vida, ¿están sobredimensionadas por Mo Yan para dramatizar aún más en lo que nos cuenta?; ¿es cierta esa falta de higiene?; ¿hasta qué punto son habituales algunas de esas absurdas costumbres? No puedo dejar de pensar que la acción se desarrolla en 1.987… eso es casi S.XXI.

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No obstante todas estas preguntas, creo firmemente que existen verdades incontestables en lo que vemos en ‘Las baladas del ajo’. Esas personas viven condicionadas de forma irremediable por un omnipresente y totalitario gobierno, reflejado en cada uno de los funcionarios y servidores del régimen, que controlan en nombre del Estado los movimientos de aquellos a los que, supuestamente, han liberado. Es dramático. Pero además existe, intangible pero evidente, un mundo de tradiciones y supersticiones que rigen sus destinos, y que a los occidentales (insisto, en pleno 1.987) se nos escapa un poco. Lo cual no hace que sea menos auténtico.

Para quien no lo sepa, Mo Yan es un seudónimo del autor, cuyo nombre real es Guan Moye, y que significa “El que calla”. Viene siendo una declaración de intenciones. Fue Premio Nobel en 2.012.