Archivo de la categoría: Autores asiáticos

El ojo de jade (Diane Wei Liang)

Estándar
El ojo de jade (Diane Wei Liang)

diane-wei-liang-at-home-i-001Diane Wei Liang es periodista y es china; una de tantos intelectuales que han abandonado el país por diferencias con el Sistema Comunista Chino. Ciertamente, aquellos autores y creadores disidentes de algún tipo de régimen totalitarista cumplen en cierta medida, (con sus lógicos matices), con las siguientes premisas, que siempre aparecen reflejadas en su obra : crítica (más o menos evidente) al Gobierno del país de origen, un costumbrismo social que refleje la relaciones de aquellos que no aceptan el Sistema frente a los que se ven beneficiados por éste, y nostalgia por la patria perdida.

En “El ojo de jade”, y dentro de este patrón, nos encontramos con su protagonista, Mei Wang. Es una “joven” policía que deja su conveniente y acomodado cargo dentro del Ministerio de Seguridad Pública tras sufrir el acoso de un alto cargo. Imaginad el disgusto de los padres (chinos y contentos de serlo) de Wang. Es sólo comparable a cuando el director de cine Pedro Almodóvar anunció en casa que dejaba Telefónica para hacer cine. No contenta con esto, funda su propia consultoría de información. Ojo con el eufemismo, porque en China las agencias de detectives están prohibidas.

Con este rebelde bagaje la intrépida Mei intenta encontrar el ojo de jade, una valiosa joya desaparecida de un museo en plena Revolución Cultural. Ésta es la disculpa perfecta para que la trama se adentre en esta etapa de la historia de China, (recomiendo ampliar) combinando la Historia (con mayúscula) del país, con la historia (con minúscula) de la propia familia Wang.

wp_20160406_025

Una revolución cultural que es impuesta es toda una condena para ella misma. De hecho, imágenes como esta… ¡uf! dan bastante miedito.

 

¿Alguien más está viendo aquí las premisas del primer párrafo? Por si esto fuera poco, nuestra Mei está soltera (¡¡a sus 31 años!!), tiene a un hombre como ayudante, y también una hermana guapa, rica y triunfadora, en contraposición con la inteligencia, el valor y la audacia de Mei.

Dicho esto, entenderéis que encuentro el personaje bastante estereotipado. No obstante, la trama de novela negra de “El ojo de jade” está bien resuelto, aunque sin sufrir por mi parte grandes ataques de interés e irrefrenables ganas de saber cómo sigue. Lectura sencilla y agradable, pero poco más. A destacar el fondo social y cultural de una China cambiante, en plena transición entre la modernidad y la tradición, su efervescente economía y sus valores morales en horas bajas, la importancia del orgullo por lo propio y la atracción por las libertades occidentales. Podría seguir enumerando contrastes, que esto siempre queda muy erudito, pero vamos a dejarlo por hoy.

 

Las baladas del ajo (Mo Yan)

Estándar
Las baladas del ajo (Mo Yan)

‘Las baladas del ajo’ es una especie de Romeo y Julieta en la China de finales de los 80. Se desarrolla en un entorno rural en pleno régimen comunista, y creedme, no tiene nada de romántico. De primeras y como rasgo más obvio, la historia de Gao Ma y Jijun resulta bastante cruda (atención a los detalles amigos, porque estos tortolitos viven, para mayor escarnio, en el Condado Paraíso. Un no te digo ná y te lo digo tó).  Aunque eso es precisamente lo que uno espera cuando algo ha leído acerca de las condiciones laborales y vitales de los campesinos de la China más profunda. Ciertamente, no se trata de un relato dulce y placentero; como digo, tampoco se espera nada con este enfoque. No obstante, es sabida la cercanía de Mo Yan para con el régimen comunista chino, por lo que sorprende en cierta medida el enfoque que se le da al sistema en ‘Las baladas del ajo’.

En un análisis un poco más profundo, y por más que Mo Yan nos quiera transmitir la dureza de esta realidad…, ¿de verdad era necesario darle un toque tan… escatológico? Bien es cierto que, rebuscando un poco, podemos encontrar esos matices tan poéticos de los autores asiáticos, esas preciosas metáforas cuando describen a las personas, por ejemplo. Recuerdo un “tenía la cara redonda y blanca, como un huevo de cisne”; o también cuando relata la historia de una mujer a la que sus vecinos llamaban tapa de tetera por su gran belleza. ¿Bonito o no? Bien amigos, pues preparad vuestros estómagos, porque durante el resto de páginas de ‘Las baladas del ajo’ encontraréis montones de epítetos tales como heces, ventosidades, vómito, mucosidad, sangre, escupitajo, excrementos, pus, sudor. Casi siempre acompañados de adjetivos tan descriptivos como sucio, denso, maloliente, caliente, espumoso, infecto, hediondo, pringoso o nauseabundo. Creedme: no los cito al azar.

Dejando de lado el estilo y en lo que respecta al argumento de ‘Las baladas del ajo’  propiamente dicho, me gustaría realmente saber si existe un atisbo de exageración en algunos de los detalles que se vislumbran en  las tramas de los personajes. Como sucede a menudo, especialmente en las historias que se desarrollan en localidades pequeñas como Condado Paraíso, al final las vidas de sus habitantes de cruzan inevitablemente. De sus relaciones aprenderemos mucho de la concepción de la vida en la China más profunda. Aunque, ciertamente, algunos pequeños detalles suscitan mis dudas sobre su absoluta realidad. Por ejemplo: ¿será lo normal ese trato, físico y psicológico hacia los hijos?;  esas condiciones de vida, ¿están sobredimensionadas por Mo Yan para dramatizar aún más en lo que nos cuenta?; ¿es cierta esa falta de higiene?; ¿hasta qué punto son habituales algunas de esas absurdas costumbres? No puedo dejar de pensar que la acción se desarrolla en 1.987… eso es casi S.XXI.

Buck-9

No obstante todas estas preguntas, creo firmemente que existen verdades incontestables en lo que vemos en ‘Las baladas del ajo’. Esas personas viven condicionadas de forma irremediable por un omnipresente y totalitario gobierno, reflejado en cada uno de los funcionarios y servidores del régimen, que controlan en nombre del Estado los movimientos de aquellos a los que, supuestamente, han liberado. Es dramático. Pero además existe, intangible pero evidente, un mundo de tradiciones y supersticiones que rigen sus destinos, y que a los occidentales (insisto, en pleno 1.987) se nos escapa un poco. Lo cual no hace que sea menos auténtico.

Para quien no lo sepa, Mo Yan es un seudónimo del autor, cuyo nombre real es Guan Moye, y que significa “El que calla”. Viene siendo una declaración de intenciones. Fue Premio Nobel en 2.012.

Ilustrado (Miguel Syjuco)

Estándar
Ilustrado (Miguel Syjuco)

Si queréis leer algo diferente, tanto en contenido como en forma, no lo dudéis: “Ilustrado” no os va a decepcionar. Se trata de la primera novela de Syjuco, hasta entonces un desconocido autor filipino que rompió todos los moldes con esta obra desde su publicación,  obteniendo el Man Asia Literary Prize 2008, entre otros.

Syjuco, probablemente el filipino mejor peinado del mundo. Aquí con pose de “este post no va conmigo”

A pesar de su complejidad estructural, la superposición de estilos, y sus juegos con la fragmentación del tiempo, Syjuco logra mantenernos firmemente intrigados con la historia de Crispín Salvador, un escritor filipino en horas bajas, misteriosamente desaparecido, que ha dejado inconclusa su obra maestra. Aquí es donde empieza lo bueno, porque el auténtico protagonista de “Ilustrado” es un joven y debutante escritor, amigo personal, aprendiz y protegido del malogrado Crispín, y (agarraos los machos) que no es otro que el propio Miguel Syjuco.

Jugando de esta manera a combinar hasta el paroxismo realidad con ficción, en cuanto comienzas a dejarte seducir por la historia, no llegas a diferenciar cuándo comienza la una y termina la otra.

Todo esto con una ciudad – Manila -, desvirtuada, corrupta, vencida tras el post-colonialismo, como telón de fondo. Realmente esa decadencia poética de su ciudad natal, (ese recurso que tanto gusta a algunos autores), hace de Manila una protagonista más.

Es mejor no ser muy pródigo contando detalles del argumento de “Ilustrado”, para no arruinarle a nadie la intensa sensación de tenerlo en sus manos y descubrir cómo la novela negra podía llegar a reinventarse a través de un jeroglífico que mezcla vida real y literatura de forma tan correctamente dimensionada (OMG! visto está que esta crítica está inspirando mi expresividad), dejándote un agradable mareo final, como cuando miras más tiempo del debido un caleidoscopio.

Estambul (Orhan Pamuk)

Estándar
Estambul (Orhan Pamuk)

Comencé este libro con muchas ganas. Ya sabéis: eso siempre te predispone a un resultado positivo, pero corres el riesgo de crear unas expectativas que finalmente pueden no llegar a cumplirse.

Llegué a Orhan Pamuk -como a tantos otros escritores no occidentales- a través de la concesión del Premio Nobel de Liteartura en 2.006. Esto, que a priori puede parecer una garantía, nos puede llevar a conocer los más áridos rincones de la Literatura. Porque no siempre lo considerado mejor es lo más fácil de consumir, en fin, el debate de siempre: calidad versus divertimento, y bla, bla, bla…

Y es que es totalmente cierto: hay novelas y autores imposibles, infumables para la mayoría; mientras que muchas obras que han conseguido grandes éxitos de ventas nos pasan por delante de nuestras narices sin que les prestemos atención, sólo porque las consideramos mayoritarias. Esto se resume en una sencilla palabra: los prejuicios.

Pero bueno, estamos aquí para hablar de “Estambul”, la original autobiografía de Pamuk que, sí, finalmente terminó por engancharme y dejar en mí ese sabor de boca tan especial que (afortunadamente) no se ha ido con los años.

Para los que no conozcáis Estambul os diré que es una ciudad fascinante, incluso para un primer contacto como turista estándar, puede dejarte embelesado en cuatro días con sus contrastes y su combinación de tradición y modernidad. Las calles, las casas, las zonas menos transitadas, y las más turísticas también… todo tiene un encanto especial si sabemos verlo. Así pues, éste fue otro elemento que me hizo llegar a este libro de lo más receptiva.

Ahora bien, aunque reconozco que me atrajo en un principio el hecho de que no se trata de una biografía al uso, y que la vida de Pamuk tampoco es que sea moco de pavo, según iban pasando los capítulos sí que se me hacía cada vez más denso el recorrer de su mano (es un decir, amigos) esta ciudad que tan bien conocía él, y que descubrí que tan, pero tan poco conocía yo. Orhan Pamuk es un científico de su ciudad natal, un auténtico fan fatal, entregado a recorrer sus avenidas y plazas una y otra vez desde su más tierna infancia, a fotografiar sus casas, dibujar las fachadas, los cruces de caminos, las calles menos pavimentadas, los restos arqueológicos menos conocidos, y los rincones más secretos. Esto le hace un erudito de Estambul aunque cueste unas cuantas de cientos de páginas darse cuenta. Sabe de lo que habla, y no se limita en exclusiva a contar lo que sabe de sí mismo, que también, sino a enmarcarlo de una forma milimétrica en la ciudad que tanto ama, y que fue testigo de todo cuanto relata.

Como digo, la vida de Orhan Pamuk no tiene desperdicio (¿por qué esta gente casi nunca tiene vidas aburridas?). Hijo de una familia acomodada pero cuyos padres vivieron una relación insatisfactoria e infeliz, el autor acaba marcado por esa ciudad tan mediterránea y oriental al mismo tiempo, mucho más de lo que yo misma puedo decir de que me marcó mi propia ciudad (y eso que, inevitablemente todos estamos marcados de alguna forma por el lugar donde crecimos).

Las fotografías antiguas de la ciudad, tomadas a menudo por un joven Pamuk, son un auténtico tesoro.

De verdad: es que este hombre es un virtuoso de Estambul (si se puede usar esta expresión) desde su más tierna juventud, con una entrega hacia su propia ciudad que no estamos acostumbrados a vivir. Será que suele deslumbrarnos más lo que hemos descubierto en nuestra vida adulta. Lo mejor de todo es que, cuando uno termina el libro, ese largo paseo que supone su lectura nos deja la sensación de compartir con Pamuk la pasión que, año tras año de su existencia y arropándole en cada capítulo de su vida, el autor vive por su ciudad. Llegamos a identificarnos con sus gustos, que recién descubiertos por nosotros, podemos llegar a comprender y compartir: el arte del detalle en los dibujos de Melling, por ejemplo, o sin lugar a dudas, las fotografías antiguas de las calles sucias, de los barrios pobres, sin pavimentar, mal iluminadas, los palacetes derruidos, consumidos por las llamas…

Una vista de Estambul del S.XVIII de Melling.

Lolita (Vladimir Nabokov)

Estándar
Lolita (Vladimir Nabokov)

Empecemos diciendo sobre esta obra que no se trata de una novela erótica, como hasta hace poco ha solido ser considerada por muchos. Tiene muchos calificativos, pero desde aquí queremos reivindicar, al igual que el propio Nabokov en su día, que Lolita no es una sucesión de escenas de contenido erótico y que por lo tanto, nunca podría encajar en este tipo de estilo literario, sino que más bien se nos relata una historia tensa, dolorosa, destinada al fracaso, casi enfermiza, de amor. Un amor nada convencional, desde luego. Para empezar, por no correspondido, lo que lo hace injusto, dominante e inútil. No obstante, en este contexto que hemos descrito, podríamos afirmar que Lolita es en mayor medida una sucesión de escenas “románticas”, si se me permite el epíteto (desde luego, no se atienen a los cánones del amor romántico tal y como lo canta Luis Miguel), por el hecho de que hablan más de amor que de erotismo.

Bien, hecha esta puntualización empecemos a analizar esta fascinante, fascinante historia. Para nada es lo que, personalmente, había imaginado que sería. Aviso a navegantes (como hacemos en otras ocasiones) que la prosa de Nabokov no es fácil, sino que tiene cierto toque de complicación por sofisticada y compleja. Puede resultar un tanto confusa en tanto en cuanto la descripción de las emociones, pero también de los paisajes. No en vano estamos hablando de uno de los mejores autores del S.XX. De todas formas, es cuestión de acostumbrarse en las primeras cuatro páginas, ya que el mensaje es sencillo y llega al lector sin problemas. Sobre esta cuestión hemos de decir que este escritor se había desenvuelto hasta el momento de escribir Lolita siempre en ruso, su legua materna. Y que se propuso escribir en inglés después de trasladarse a EE.UU.

Para ello decidió retomar una historia que ya había dejado perfilada en ruso, aunque introduciendo no pocos cambios en la misma con posterioridad, hasta llegar a nosotros tal y como la conocemos.

Con respecto a lo dicho sobre las descripciones de los paisajes (ya que Lolita se trata de una historia de carretera), estos tienen su importancia puesto que imprimen la percepción del propio Nabokov como extranjero en aquellas tierras, que podríamos denominar la “América profunda”. Veamos un ejemplo de este tipo de descripciones: “Poco a poco los modelos de esas rusticidades elementales se fueron haciendo tanto más extraños ante mis ojos cuanto más de cerca los conocía. Más allá de la llanura cultivada, más allá de los tejados de juguete había una lenta difusión de inútil encanto, un sol bajo, en medio del halo platinado,  de tintes tibios, color durazno pelado, que invadía el borde superior de una nube bidimensional, gris-paloma, medio fundida con la distante niebla amorosa.” Ahí es ná… ¿Entendéis ahora lo de la prosa sofisticada?

Sin embargo no toda la novela está escrita con tal vocabulario, sino que en realidad es fácil que la historia llegue a arrastrarnos como en los casos de los mejores best-sellers. Tiene suficiente fluidez, y el testimonio de Humbert, el desdichado protagonista agobiado por la culpa, primero, y por el recuerdo, después, resulta tan auténtico y desgarrado, que consigue hacernos llevar y dejarnos profunda huella. Este pobre hombre – fascinado hasta el tuétano por las nínfulas –  se debate entre sus más bajos instintos y la intención más ferviente de no corromper a su “víctima”.

Y ésta es otra de las grandes sorpresas de la novela: la propia Lolita. Según se mire, no tiene mucho de víctima, en realidad. Aunque se ve inevitablemente arrastrada por esta historia de la que termina participando, un poco por necesidad, y un poco también por interés.

Esta forma de tratar una relación pedófila, semi-incestuosa, procurar explicar los motivos, las distintas intenciones de sus protagonistas, conocer los deseos más íntimos y egoístas de cada uno de ellos, así como el tirón y la profundidad de los personajes (todo ello resultan grandes sorpresas para el lector que no conozca mucho de esta novela), ha llevado a varias adaptaciones al cine de Lolita: una primera de Kubrick, de 1.962, y otra posterior de 1.997, de Adrian Lyne. Los enlaces a las pelis son de Filmaffinity.                                                                                                                                                                                                  En la primera versión, al castigado por la culpa Humbert lo protagoniza un enorme James Mason. Mientras que en la segunda, a Jeremy Irons Humbert se le queda en un pobre hombre con cara más triste que Bambi en el día de la madre . Sin embargo, con las Lolitas pasa, en mi opinión, al contrario: Dominique Swain clava a esa niñata maleducada, desgarbada, sucia y definitivamente sexual. En fin, para gustos los colores, aunque como es habitual, creo que ambas desmerecen la calidad de esta obra.

El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas (Haruki Murakami)

Estándar
El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas (Haruki Murakami)

Me confieso públicamente fan-fatal de Murakami. Lo cierto es que aún no he leído todas sus novelas, y he de reconocer también que llegó a mí un poco de rebote (por no contar la historia “larga” de que llegó a casa y no fuí yo quien había escuchado hablar de él. Vamos, en la inopia total). Sin embargo el hecho de que El fin del mundo… fuera una edición de Tusquets ya me olía bien. Así que me dispuse con mucha curiosidad a ver de qué iba esto de los autores japoneses.  Bien es verdad, y lo digo por si hubiera alguien interesado en iniciarse con este autor, que no tiene muchas coincidencias con otros autores japoneses contemporáneos que yo conozca. Porque… cómo explicarlo… Murakami es capaz de crear universos enteros en cada una de sus novelas. Y eso no lo digo yo, que soy una pobre bloggera aficionada a la lectura. Se le ha catalogado como el escritor más cool del mundo, o como artífice del pop art literario. Casi ná. Anda que también los críticos literarios tienen sus días de máxima inspiración…

Os aconsejo fervientemente leer este “retrato robot” sobre el escritor que realizó el periódico The Times, y que encontraréis traducido aquí gracias a Papel en Blanco. Vamos, que es todo un personaje.

Como decía, como persona este señor debe ser ciertamente especial. Tiene ciertas fijezas con algunos de sus hobbies como dejó bien claro con la obra De qué hablo cuando hablo de correr, una especie de diario profesional de lo que son sus entrenamientos, sus dietas, sus marcas, las maratones en las que ha participado (debidamente documentado y acompañado de fotografías), así como las sensaciones que le proporciona esta actividad, anotadas con todo detalle, como suele hacer siempre que un tema le interesa y le produce cierta fascinación. Pero no engañarse: no es una novela. De hecho es un libro que me veo incapaz de llegar más allá de hojear. Demasiado atletismo para ser leído.

Lo que quiero decir con esto es que Murakami… is different.

Retomemos El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas. Esta obra me dejó fascinada. Tanto, que aunque he seguido leyendo a este autor, aún no he encontrado otra de sus obras que me dejara con la boca igual de abierta. Eso sí: no es una novela que yo aconseje a principiantes. Es árdua de leer al menos en sus primeros capítulos. Porque su estructura, como ocurre en algunas otras de sus novelas como Kafka en la orilla (de la que hablaremos en otra ocasión), se repite eso de las dos historias paralelas que se alternan y que aparentemente no tienen puntos coincidentes. Hasta que llega un momento en que ambas convergen, bien a través de los personajes, bien a través de las situaciones. Y entonces todo empieza a encajar. O todo lo contrario. Pero lo que sí puedo asegurar es que la trama llega a ser hipnótica (y esta palabra no está elegida al azar), enganchándonos con la historia aunque no seamos capaces de entender muy bien qué narices está pasando. Murakami dosifica las explicaciones de manera que llegues a sentir un poco esa ansiedad y desorientación que están sufriendo sus protagonistas. Personalmente, creo que no es una sesación fácil de provocar a través de las palabras. Y en eso le doy  un 10.

A través de historias que parten de personajes atormentados, perdidos, en plena búsqueda de respuestas, este autor consigue meternos en mundos que pasan de la intriga propia del género policíaco, a la pura ciencia ficción. Pasando por la Filosofía.

Porque he encontrado ciertos rasgos que aparecen en numerosas de sus novelas, como suele pasar cuando hay temas que preocupan e inquietan de forma particular a algunos autores. En el caso de Haruki Murakami son la Literatura, la Filosofía, el amor más platónico, la muerte. Cuando trata más ampliamente estos temas es cuando podéis encontrar que sus novelas se hacen un poco más… densas. También hay detalles (menos profundos, no va a ser todo ponerse intelectual) que aparecen en varias de las obras de este señor: las bibliotecas, los gatos (¡!), el mundo más espiritual (incluyendo aquí a los espíritus y personajes malignos), el sexo, la comida o la higiene personal. Me gusta especialmente cuando describe con tanta precisión cómo cocinan o se asean sus personajes. Le queda todo tan pulcro y tan bien contado, que te da por pensar en si él hace este tipo de cosas tan mecánicamente. ¡Cuánto detalle en tan pocas palabras!

Por lo demás remarco aquello de que consigue imbuirte en un mundo totalmente personal, único, y profundamente asocial, así que si en algún momento buscáis una lectura un poco más sofisticada, un libro que os haga revolveros en el sofá, disfrutar de la turbación y las historias imposibles, Murakami es vuestro autor.

Mil soles espléndidos (Khaled Hosseini)

Estándar
Mil soles espléndidos (Khaled Hosseini)

Mil soles espléndidos. El título me parece de lo más poético. Luego, según vas avanzando con esta novela, te das cuenta de que es mucho más dura de lo que prometía un título tan cálido. Supongo que el autor pretende que, a pesar de este tipo de historias, no perdamos la esperanza en la vida, insistir en que también se puede salir de según qué situaciones a pesar de tenerlo todo en contra. De hecho, Mil Soles viene a ser la historia de dos personas que, por devenires de la vida, terminan por tenerlo todo en contra: mujeres, solas, huérfanas o repudiadas, nada menos que en el Kabul tomado por los talibanes… Os podéis hacer una idea de lo que llega a ser el crudísimo día a día de estas dos mujeres. Dos historias sin nada en común que terminan por encontrarse, reconocerse, y finalmente cobijarse la una en la otra hasta que el destino de cada una termina por decidir quién gana y quién pierde en esta historia. Y eso de ganar, es una forma de hablar en este caso.

Creo que ninguna mujer en Occidente puede llegar a saber lo que sería que te despojen de todos tus derechos casi de un día para otro. ¿Os imagináis que no pudiera veros un médico por ser mujeres? ¿Que tu marido pueda entregar a tus propios hijos a una institución sin tu permiso? ¿Que no nos dejaran siquiera conducir? ¿Sabéis que los talibanes llegaron a prohibir cosas como cantar o escuchar música, por ejemplo? No quiero hacer comparaciones, pero pensemos en algunos regímenes totalitarios donde lo peor que nos podía pasarnos era no poder expresar en voz alta nuestro ideario político.
¿Os podríais imaginar, además de lo que eso supone, no poder siquiera decidir si una noche quieres tener sexo con tu marido, porque puedes ir a la cárcel?

Me parece una lectura casi obligada para mujeres como nostras: que no hemos sabido nunca qué tipo de vida es ésa, pero queremos conocer por qué en algunos lugares las cosas son tan diferentes. Saber qué es un “kolba”, o qué distintos significados puede tener el término “hamshira”. No en vano el autor termina la obra con un epílogo donde nos remite a webs como www.acnur.org.

En cualquier caso, no debemos quedarnos con el amargor que puede dejarnos alguna de estas historias. Como decía, Hosseini intenta por todos los medios darnos a entender que en medio de estas vidas tan maltratadas, también hay oportunidades de saber que hay personas buenas en todas partes. A pesar de guerras, dictaduras, sexismo, denigración y violencia. Esta novela está salpicada de personajes tiernos, humanos, y llenos de buenos sentimientos hacia sus semejantes, incluso si entienden o incluso comparten lo que el sistema talibán les ha vendido (o impuesto). Y como muestra, ojo al detalle de la portada, donde una mujer afgana recorre el desierto ¡con tacones! Las metáforas están para interpretarlas.

Como muchos sabréis, la primera novela de este autor es la aclamada Cometas en el Cielo, donde también lo simbólico aparece representado por las cometas, principio y fin de esta historia, como lo son el sol en la historia que nos ocupa. Existe una versión cinematográfica de esta primera obra de Hosseini, con varias nominaciones a premios internacionales como los Oscar, los Bafta o los Globos de Oro. Podéis ver el tráiler aquí.