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Lolita (Vladimir Nabokov)

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Lolita (Vladimir Nabokov)

Empecemos diciendo sobre esta obra que no se trata de una novela erótica, como hasta hace poco ha solido ser considerada por muchos. Tiene muchos calificativos, pero desde aquí queremos reivindicar, al igual que el propio Nabokov en su día, que Lolita no es una sucesión de escenas de contenido erótico y que por lo tanto, nunca podría encajar en este tipo de estilo literario, sino que más bien se nos relata una historia tensa, dolorosa, destinada al fracaso, casi enfermiza, de amor. Un amor nada convencional, desde luego. Para empezar, por no correspondido, lo que lo hace injusto, dominante e inútil. No obstante, en este contexto que hemos descrito, podríamos afirmar que Lolita es en mayor medida una sucesión de escenas “románticas”, si se me permite el epíteto (desde luego, no se atienen a los cánones del amor romántico tal y como lo canta Luis Miguel), por el hecho de que hablan más de amor que de erotismo.

Bien, hecha esta puntualización empecemos a analizar esta fascinante, fascinante historia. Para nada es lo que, personalmente, había imaginado que sería. Aviso a navegantes (como hacemos en otras ocasiones) que la prosa de Nabokov no es fácil, sino que tiene cierto toque de complicación por sofisticada y compleja. Puede resultar un tanto confusa en tanto en cuanto la descripción de las emociones, pero también de los paisajes. No en vano estamos hablando de uno de los mejores autores del S.XX. De todas formas, es cuestión de acostumbrarse en las primeras cuatro páginas, ya que el mensaje es sencillo y llega al lector sin problemas. Sobre esta cuestión hemos de decir que este escritor se había desenvuelto hasta el momento de escribir Lolita siempre en ruso, su legua materna. Y que se propuso escribir en inglés después de trasladarse a EE.UU.

Para ello decidió retomar una historia que ya había dejado perfilada en ruso, aunque introduciendo no pocos cambios en la misma con posterioridad, hasta llegar a nosotros tal y como la conocemos.

Con respecto a lo dicho sobre las descripciones de los paisajes (ya que Lolita se trata de una historia de carretera), estos tienen su importancia puesto que imprimen la percepción del propio Nabokov como extranjero en aquellas tierras, que podríamos denominar la “América profunda”. Veamos un ejemplo de este tipo de descripciones: “Poco a poco los modelos de esas rusticidades elementales se fueron haciendo tanto más extraños ante mis ojos cuanto más de cerca los conocía. Más allá de la llanura cultivada, más allá de los tejados de juguete había una lenta difusión de inútil encanto, un sol bajo, en medio del halo platinado,  de tintes tibios, color durazno pelado, que invadía el borde superior de una nube bidimensional, gris-paloma, medio fundida con la distante niebla amorosa.” Ahí es ná… ¿Entendéis ahora lo de la prosa sofisticada?

Sin embargo no toda la novela está escrita con tal vocabulario, sino que en realidad es fácil que la historia llegue a arrastrarnos como en los casos de los mejores best-sellers. Tiene suficiente fluidez, y el testimonio de Humbert, el desdichado protagonista agobiado por la culpa, primero, y por el recuerdo, después, resulta tan auténtico y desgarrado, que consigue hacernos llevar y dejarnos profunda huella. Este pobre hombre – fascinado hasta el tuétano por las nínfulas –  se debate entre sus más bajos instintos y la intención más ferviente de no corromper a su “víctima”.

Y ésta es otra de las grandes sorpresas de la novela: la propia Lolita. Según se mire, no tiene mucho de víctima, en realidad. Aunque se ve inevitablemente arrastrada por esta historia de la que termina participando, un poco por necesidad, y un poco también por interés.

Esta forma de tratar una relación pedófila, semi-incestuosa, procurar explicar los motivos, las distintas intenciones de sus protagonistas, conocer los deseos más íntimos y egoístas de cada uno de ellos, así como el tirón y la profundidad de los personajes (todo ello resultan grandes sorpresas para el lector que no conozca mucho de esta novela), ha llevado a varias adaptaciones al cine de Lolita: una primera de Kubrick, de 1.962, y otra posterior de 1.997, de Adrian Lyne. Los enlaces a las pelis son de Filmaffinity.                                                                                                                                                                                                  En la primera versión, al castigado por la culpa Humbert lo protagoniza un enorme James Mason. Mientras que en la segunda, a Jeremy Irons Humbert se le queda en un pobre hombre con cara más triste que Bambi en el día de la madre . Sin embargo, con las Lolitas pasa, en mi opinión, al contrario: Dominique Swain clava a esa niñata maleducada, desgarbada, sucia y definitivamente sexual. En fin, para gustos los colores, aunque como es habitual, creo que ambas desmerecen la calidad de esta obra.

Opiniones de un payaso (Heinrich Böll)

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Opiniones de un payaso (Heinrich Böll)

Quién iba a pensar que éste iba a ser un libro sobre las reflexiones más amargas de un payaso. Sí, efectivamente, el filón del payaso triste no conoce horizontes, tampoco en lo literario. Porque, ciertamente, si bien hay pasajes en este libro donde la sonrisa es inevitable, por lo general lo termina uno con un sabor agridulce. La culpa de este devenir de sentimientos la tiene su protagonista: con y a través de él, te debates entre la comprensión y el compadreo, y la compasión. Hans, el tierno y conmovedor payaso abandonado que narra en primera persona cómo es su vida actual y pasada, llega a ganarnos a través de la pena, a parecerte un tío genial, abatido por las circunstancias pero finalmente digno. Y es que el dolor del amor es lo más democrático de este mundo. Por eso es tan fácil llegar al final del libro queriendo ser el amigo fiel del infeliz y sarcástico payaso.

“Marie se ha ido”. Machaconamente, Hans relata a través de conversaciones con algunos de sus amigos su pasado, su presente, y el poco futuro que se sospecha a sí mismo. Porque esta ruina emocional se acompaña de otra profesional y económica. El súmmun del drama es que, además, el protagonista se sabe merecedor en cierta medida de lo que le está pasando. Él es agnóstico, mientras que su mujer es católica. Ella lo ha abandonado por otro católico con quien, para más INRI (expresión que no pretende ser faltona, ojo), se ha ido de luna de miel al Vaticano. Que digo yo, ¿qué necesidad había de hacerlo todo tan doliente para el pobre Hans? ¿Eso esto ser más Papista que el Papa (si se me permite el guiño)? ¿No había un pack barato a Palma de Mallorca?

Por otro lado, las circunstancias políticas y sociales del momento habían provocado graves fisuras en la pareja, sosteniendo cada uno de ellos posturas, si no siempre enfrentadas, sí a menudo muy distintas. Hans no puede obviar que la política le atañe, que las reglas sociales le atañen, por más que él no tenga ningún interés en ellas. Böll aprovecha esta tesitura para darnos una mordaz visión social, política y religiosa de aquella Alemania. Para ello utiliza la perspectiva personal del propio Hans. Esto suele interpretarse como esa crítica feroz del autor al sistema, al consumismo, a la política demócrata-cristiana alemana y hacia algunas posturas de la Iglesia Católica más conservadora.

Voy a citar una de las partes que más me emociona de este libro, que leí hace tanto tiempo, pero sigo manteniendo marcadas:

“¿Quería [Marie] asistir de verdad al gran oficio solemne que se celebraría cuando Züpfner [su marido actual] fuera armado Caballero de la Orden de Malta entre cancilleres y presidentes? ¿Quitaría con la plancha, en casa y con sus propias manos, las manchas del hábito de la Orden? Cuestión de gustos; Marie, pero no es ése tu gusto. Es mejor confiar en un payaso que no cree pero que te despierta suficientemente temprano para que llegues a misa a tiempo y que si es necesario te paga un taxi […]. Mi jersey azul no necesitas lavarlo nunca.”

Las carnes gallináceas… ¿Para echarse a llorar? Bueno, lo mejor de esta novela es que, al fin y al cabo, quien nos cuenta la historia es un payaso, así que a menudo consigue arrancarnos una sonrisa mientras suspiramos y pensamos: “¡menos mal!” 🙂

Böll recibió el Nobel de Literatura en 1.972

Si tú me dices ven lo dejo todo… pero dime ven (Albert Espinosa)

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Si tú me dices ven lo dejo todo… pero dime ven (Albert Espinosa)

Emociones a flor de piel. Parece que Albert Espinosa es un virtuoso en eso de remover lo más ínitmo y emocional de uno mismo en cada uno de sus libros. Tercera obra después de El mundo amarillo y Todo lo que podríamos haber sido tu y yo si no fueramos tu y yo. Albert Espinosa (Barcelona, 1973) es una persona conocida en el mundo de la cultura por  ser, además de escritor, actor, director, guionista de cine, teatro y televisión (e ingeniero industrial químico, amigos: no es moco de pavo). También colabora en programas de radio y escribe una columna semanal para “El Periódico de Catalunya”. En el cine destaca por películas como “Planta 4ª”, “Va a ser que nadie es perfecto”, “Tu vida en 65’” y “No me pidas que te bese porque te besaré”. Como actor (era lo único que le faltaba para ser tan polifacético como Pedro Ruiz) destaca por su papel en la serie Abuela de verano, que por cierto recomiendo, con el que consiguió el premio al actor revelación del año.

En Si tú me dices ven… parece que Espinosa continúa con el estilo emotivo que inició con Todo lo que podríamos…, su primera novela. Ambas tienen varias cosas en común (aparte de los títulos largos, largos por los que se decanta este chico) con respecto a la trama. Hay un personaje protagonista, que narra sus vivencias en primera persona, alternando sus emociones más íntimas y personales, con experiencias de tipo social o profesional. Son personas normales, con la excepción de algún don o… ¿cómo decirlo? Alguna capacidad psíquica que los hace especiales. Sobre todo a la hora de relacionarse con otras personales a niveles muy profundos. También han sufrido enormemente por pérdidas recientes de seres queridos y otros avatares que los hacen más o menos infelices. Eso sí, todo ello acaba sirviendo como trampolín a situaciones mejores en sus respectivas vidas.

En la obra que nos ocupa el protagonista es alguien que tiene por delante la búsqueda de un niño desaparecido (se dedica a estos menesteres), a la par que intenta encontrarse a sí mismo en medio de una dolorosa ruptura matrimonial. El argumento no tiene mucho interés, esto es cierto, si no es por saber cómo de bien termina la situación sentimental de nuestro amigo. Porque ciertamente, estas angustias existenciales con final feliz acaban teniendo cierto tufillo a autoayuda que les hace algo menos atractivas para algunos lectores. Sin embargo, también tienen su público, y en el caso de Albert Espinosa, es muy numeroso. Puede que se deba a que, al tratarse de un escritor (y no escritora como es más habitual en este tipo de Literatura) no cae en aquel sentimentalismo empalagoso que es tan fácil encontrar. Hasta he encontrado un “tráiler” de la novela en youtube.

Hay que destacar aquí que este autor sabe bien de lo que habla cuando de superar problemas vitales se refiere. Cuando era pequeño sufrió un terrible cáncer, debido al cual le tuvieron que amputar una pierna, un pulmón y parte del hígado. Pasó gran parte de su juventud en el hospital luchando contra esta enfermedad. Como muestra de su sentido del humor y de su naturalidad para hablar de sus propias experiencias, os dejo una selección de lo que fue su entrevista con Buenafuente hace un par de años.

Memorias de una geisha (Arthur Golden)

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Memorias de una geisha (Arthur Golden)

Esta novela, best-seller de éxito mundial, se publicó durante los años noventa y supuso toda una revolución porque abría una puerta al fascinante mundo asiático, y más concretamente al inaccesible de las geishas, al gran público. Algo que, queramos o no, siempre ha intrigado a los occidentales desde que los soldados norteamericanos volvieron a casa hablando a viva voz de su existencia después  de la Segunda Guerra Mundial. (Si bien los más eruditos conocían la historia de Madamme Buterfly, pero digamos que esta referencia pertenece a un mundo algo menos “popular”).

El libro está escrito de una forma exquisita en el sentido de que, aunque mantiene un estilo primordialmente occidental (su autor es Arthur Golden, un especialista en arte japonés y estudioso de la cultura china y japonesa, pero norteamericano de Tennesee al fin y al cabo), no dejan de aparecer matices de un estilo mucho más oriental en muchas descripciones o metáforas, que hacen que consiga mantenernos en una “estética visual imaginaria ” (si se me permite la expresión) constante durante el relato. De hecho, parece que la historia del gérmen de esta novela fue la inspiración de Golden en las aventuras y desventuras de una geisha real  (Mineko Iwasaki). Iwasaki acabó demandando a Golden, aunque finalmente llegaron a un acuerdo y la japonesa terminó escribiendo su propia novela: Vida de una geisha. Si bien hay que ser justos y comentar que Golden siempre advirtió que la historia de la protagonista de su novela era 100% ficticia.

Polémicas aparte, se trata de una novela que tiene desgracias, amor, amistad, guerra (vamos, lo que no dejar de emanar cierto tufillo a telenovela, pero así son muchos best-seller). De hecho, la enorme mayoría de sus lectores han sido y son mujeres.  Pero también constantes guiños a una cultura y forma de vivir que en realidad es el gancho perfecto para decidirse a leer Memorias de una geisha porque en ese sentido, no decepciona.

Mencionar por último que este libro fue origen para la famosa película con el mismo nombre y ganadora de numerosos premios.

Una de las maravillosas imágenes que podemos disfrutar en la película

Fortunata y Jacinta (Benito P. Galdós)

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Fortunata y Jacinta (Benito P. Galdós)

¡¡Empezamos con los clásicos!! Ya sé que para muchísimos lectores casi todas estas obras pueden ser un pestiño, sin embargo yo soy de las que he disfrutado y espero seguirlo haciendo, con obras como ésta. Recomiendo especialmente su lectura a todos aquellos que quieran revivir lo que fué el Madrid del S.XIX, cuando la Castellana era prácticamente campo y los que tenían posibles se hacían por la zona sus “casitas de fin de semana” (estos son muchos de los palacetes que hoy todavía nos quedan, por ejemplo el del mismísimo Marqués de Salamanca, que actualmente es la sede del BBVA). De hecho, éste es uno de los temas curiosos que se mencionan en el libro.

Lo mejor, para mí, de Fortunata y Jacinta, es lo perfectamente bien que queda retratada lo que fue la sociedad del Romanticismo en Madrid, con sus detalles más curiosos y abarcando todas las clases sociales.

En este sentido encuentro cierto paralelismo con  Balzac (grandísimo escritor francés destacado por el reflejo social que transmite en sus novelas ).
Con los detalles me refiero a las descripciones de los mercadillos, las corralas de vecinos, las tertulias en los cafés, la relación Iglesia-sociedad, cómo era
el interior de las viviendas, qué era lo que se comía, cómo eran los nacimientos o los entierros.


Personalmente me apasiona esta época precisamente en esta ciudad. Y aunque no he llegado a ver la serie que se emitió por TVE, leyendo esta obra he llegado a hacerme una idea bastante real de este batiburrillo de personajes y situaciones que rodean las vidas de aquellas dos mujeres. Me llamaron especialmente la antención las vidas de Juanito, el principal nexo entre Fortunata y Jacinta: un señorito bien que no tiene necesidad de trabajar y ¡ojo! mantenido por sus padres a mucha honra de estos, como venía siendo habitual en este tipo de familias adineradas. Hoy por hoy, aunque sea por guardar las apariencias, hasta los hijos de Julio Iglesias hacen como que trabajan… Y qué decir de Mauricia la Dura, una pobre mujer pobre, madre soltera, irresposable y desequilibrada, que no tiene ni quiere tener dónde caerse muerta, pero que inspira una lástima de lo más humana. Un personaje ciertamente sórdido…

Pérez Galdos leyendo en el salón del doctor Tolosa Latour, en Madrid, en 1897

Pérez Galdós leyendo en el salón del doctor Tolosa Latour, en Madrid, en 1897

Galdós escribió un gran número de obras en su vida. Es destacable su gusto por la narración histórica, pero centrándonos en la novela, creo que en el caso de Fortunata y Jacinta su enorme valor reside en el perfil psicológico tan minucioso que llega a hacer de los personajes (¡y son muchos!), en detrimento de la fluidez de la historia, que hacia la segunda mitad puede hacerse algo monótona.

Sin embargo seguro que volveré a leerla algún día, para pasear por algunos de los sitios que cita el autor y poder decir, ¡pero si siguen ahí! Eso es lo maravilloso de las ciudades: que igual que las personas, todas tienen una historia. Y ambas están irremediablemente ligadas las unas a las de las otras.