Archivo de la categoría: Biografías/ Relatos biográficos

Entre limones: historia de un optimista (Chris Stewart)

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Entre limones: historia de un optimista (Chris Stewart)

No suelo recomendar los libros así a bocajarro. En general, tanto si me han encantado como si no, procuro dar una justificación razonable (de esto se trata mantener este blog ¿no?). Pero haré una excepción en el caso de “Entre limones”. ¿Por qué? Porque todo es bueno en este libro.

Desde luego que habrá a quien no le haya gustado en absoluto, pero francamente, de vez en cuando cómo se agradece disfrutar de una historia que contenga suficiente dosis de realidad (incluso tratándose de ficción, necesitamos que resulte creíble aquello que nos cuentan), que podamos sentirnos identificados con los personajes (el protagonista es el típico guiri que llega de pardillo a “conquistar” la 052D4GRA-CUG-P1_1.jpgAlpujarra Granadina, ahí es nada. ¿Quién no se ha sentido ese pardillo fuera de lugar que se dice a sí mismo “¡¿qué coño hago yo aquí?” alguna vez). Por citar otro de los atractivos que encontraréis en “Entre limones” está que se narra en primera persona. Como podéis ver en las categorías, se trata de un relato autobiográfico, así que quien nos está contando esas situaciones tan reales como surrealistas es el propio autor, Chris Stewart, auténtico como la vida misma; que sufrió en sus carnes todo tipo de vicisitudes para poder cumplir su sueño de vivir en el mismo campo granadino, cayera quien cayese…

Y es que, amigos, aún hay personas que lo dejan todo para vivir en otro país, con otras costumbres, idioma, gastronomía y AN-ME-82-199x300.jpgmodo de vida, sin tener previamente la seguridad de un puesto de trabajo o un modus vivendi “al uso”.

Porque la experiecia que Chris Stewart nos cuenta en esta novela es una de las historias reales más exóticas que podréis llegar a leer.

Otra de las mejores bazas de Entre limones es su enfoque humorístico. Verdaderamente os aseguro que llegaréis a pasar un buen rato con este libro, ya que las situaciones que en él se narran son hilarantes y cómicas, si bien no es ése su objetivo principal: no es un libro de humor. Pero el matiz que le da a la historia el que el protagonista sea alguien completamente ajeno a este entorno tan típica (y tópicamente) reconocible como “España profunda”, termina por dejarnos perplejos y con una sonrisa en los labios.

Estambul (Orhan Pamuk)

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Estambul (Orhan Pamuk)

Comencé este libro con muchas ganas. Ya sabéis: eso siempre te predispone a un resultado positivo, pero corres el riesgo de crear unas expectativas que finalmente pueden no llegar a cumplirse.

Llegué a Orhan Pamuk -como a tantos otros escritores no occidentales- a través de la concesión del Premio Nobel de Liteartura en 2.006. Esto, que a priori puede parecer una garantía, nos puede llevar a conocer los más áridos rincones de la Literatura. Porque no siempre lo considerado mejor es lo más fácil de consumir, en fin, el debate de siempre: calidad versus divertimento, y bla, bla, bla…

Y es que es totalmente cierto: hay novelas y autores imposibles, infumables para la mayoría; mientras que muchas obras que han conseguido grandes éxitos de ventas nos pasan por delante de nuestras narices sin que les prestemos atención, sólo porque las consideramos mayoritarias. Esto se resume en una sencilla palabra: los prejuicios.

Pero bueno, estamos aquí para hablar de “Estambul”, la original autobiografía de Pamuk que, sí, finalmente terminó por engancharme y dejar en mí ese sabor de boca tan especial que (afortunadamente) no se ha ido con los años.

Para los que no conozcáis Estambul os diré que es una ciudad fascinante, incluso para un primer contacto como turista estándar, puede dejarte embelesado en cuatro días con sus contrastes y su combinación de tradición y modernidad. Las calles, las casas, las zonas menos transitadas, y las más turísticas también… todo tiene un encanto especial si sabemos verlo. Así pues, éste fue otro elemento que me hizo llegar a este libro de lo más receptiva.

Ahora bien, aunque reconozco que me atrajo en un principio el hecho de que no se trata de una biografía al uso, y que la vida de Pamuk tampoco es que sea moco de pavo, según iban pasando los capítulos sí que se me hacía cada vez más denso el recorrer de su mano (es un decir, amigos) esta ciudad que tan bien conocía él, y que descubrí que tan, pero tan poco conocía yo. Orhan Pamuk es un científico de su ciudad natal, un auténtico fan fatal, entregado a recorrer sus avenidas y plazas una y otra vez desde su más tierna infancia, a fotografiar sus casas, dibujar las fachadas, los cruces de caminos, las calles menos pavimentadas, los restos arqueológicos menos conocidos, y los rincones más secretos. Esto le hace un erudito de Estambul aunque cueste unas cuantas de cientos de páginas darse cuenta. Sabe de lo que habla, y no se limita en exclusiva a contar lo que sabe de sí mismo, que también, sino a enmarcarlo de una forma milimétrica en la ciudad que tanto ama, y que fue testigo de todo cuanto relata.

Como digo, la vida de Orhan Pamuk no tiene desperdicio (¿por qué esta gente casi nunca tiene vidas aburridas?). Hijo de una familia acomodada pero cuyos padres vivieron una relación insatisfactoria e infeliz, el autor acaba marcado por esa ciudad tan mediterránea y oriental al mismo tiempo, mucho más de lo que yo misma puedo decir de que me marcó mi propia ciudad (y eso que, inevitablemente todos estamos marcados de alguna forma por el lugar donde crecimos).

Las fotografías antiguas de la ciudad, tomadas a menudo por un joven Pamuk, son un auténtico tesoro.

De verdad: es que este hombre es un virtuoso de Estambul (si se puede usar esta expresión) desde su más tierna juventud, con una entrega hacia su propia ciudad que no estamos acostumbrados a vivir. Será que suele deslumbrarnos más lo que hemos descubierto en nuestra vida adulta. Lo mejor de todo es que, cuando uno termina el libro, ese largo paseo que supone su lectura nos deja la sensación de compartir con Pamuk la pasión que, año tras año de su existencia y arropándole en cada capítulo de su vida, el autor vive por su ciudad. Llegamos a identificarnos con sus gustos, que recién descubiertos por nosotros, podemos llegar a comprender y compartir: el arte del detalle en los dibujos de Melling, por ejemplo, o sin lugar a dudas, las fotografías antiguas de las calles sucias, de los barrios pobres, sin pavimentar, mal iluminadas, los palacetes derruidos, consumidos por las llamas…

Una vista de Estambul del S.XVIII de Melling.

Metafísica de los tubos (Amèlie Nothomb)

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Metafísica de los tubos (Amèlie Nothomb)

Muchos de vosotros conoceréis, aunque sea de oídas a Amèlie Nothomb, una jovencísima autora belga que lo petó con su novela “Estupor y Temblores”. Por cierto, que recomiendo a todo el mundo su lectura porque además del particular estilo de Amèlie para contar historias, en este caso está también la historia en sí misma: veréis que la realidad puede en ocasiones superar a la ficción, ciertamente.

Nothomb pertenece a una familia belga acomodada, de padre diplomático, por lo que ha vivido en países tan exóticos como China, Japón (ella nació en Kobe), Birmania o Bangladesh. Ya podéis imaginar que con ese recorrido tendrá muchas cosas que contar en sus obras. Pero como suele suceder en estos casos, a todo esto se suma su propia y particularísima percepción de la vida, las personas, las relaciones, y sus vivencias personales como individuo digamos… un tanto diferente. Yo, obviamente, no tengo la suerte de conocerla en vivo y en directo, pero habiendo leído alguna de sus novelas no me cabe duda de que debe tratarse de alguien extravagante e insólita.

Como también hemos visto en otros casos de autores de recorrido vital similar al de Amèlie Nothomb (véase por ejemplo, Bryce Echenique), a menudo estos parten de hechos biográficos para construir algunas de sus obras. Éste de “Metafísica de los tubos” es un ejemplo de ello. A pesar de su título tan científicamente estrambótico, se trata sencillamente de una novela construida a partir de los primeros recuerdos de la autora en su más tierna infancia, en Kobe (Japón). Después de llegar a los dos años y medio en estado de tubo (¡!), la pequeña Amèlie despierta al mundo por obra y gracia de un “milagro” propiciado por su abuela que le descubre el sentido de la vida: el placer. En “Metafísica de los tubos” podemos comprobar la contraposición entre su extravagante forma de entender el mundo, de la que ya hemos hablado, con la curiosa manera en que los nipones tratan, educan, miman y consideran a los niños. Os prometo que no tiene desperdicio.

Su interpretación de la cultura japonesa para con la infancia (¡curiosísima, por otro lado!), unida a la percepción inocente de realidades como la naturaleza , o de la muerte por una Amèlie cándida de dos años y medio hace que de verdad que sea una maravilla leer las descripciones tan emocionales, tan espirituales, tan, tan… orientales que hace de los paisajes o de las sensaciones que experimenta al bañarse en el mar, por ejemplo, o al observar las flores de su jardín.

Todos los personajes son absolutamente reales. De hecho, en la edición española, la portada es una fotografía de la propia autora junto con su querida hermana Juliette. Yo he preferido incluir en el post la edición en francés, donde es la propia Amèlie la que aparece retratada con cara de sorpresa, porque es justo ésa la predisposición para empezar a conocer e interpretar el mundo que ella traslada en este relato autobiográfico.

Después de leer “Metafísica de los tubos y conocer de primera mano la forma en que Nothomb aprendió a leer sola o su total convicción de ser un pequeño e ingenuo dios, puede que también sea ésa la expresión que nos queda a los lectores.

Permiso para vivir (Antimemorias) (Alfredo Bryce Echenique)

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Permiso para vivir (Antimemorias) (Alfredo Bryce Echenique)

Antes de comenzar debo reconocer aquí que Bryce Echenique ha sido y es uno de los autores más leídos y admirados por quien aquí escribe. Aún no he tenido oportunidad de leer la totalidad de su obra. Sin embargo, desde que “La vida exagerada de Martín Romaña” cayó en mis manos, mi vida no ha vuelto a ser la misma.

Es por eso que después haber disfrutado de la reconocidísima “Un Mundo para Julius” (¡menos mal que no se llegó a rodar ninguna película!), y la ya citada “Vida exagerada de Martín Romaña”, me parecía que conociera a este señor personalmentede y toda la vida, como a un viejo amigo. Así pues, me lancé de cabeza a por su hilarante autobiografía, sin paracaídas y con una predisposición absoluta.

La imagen de un Bryce, con aspecto de humano “normal”, hace unos años.

Con esto no quiero decir que absolutamente todo lo que venga firmado por este señor me parezca igualmente destacable. No quiero comenzar el post hablando negativamente de mi admirado Bryce. Tampoco me refiero a que la obra que nos ocupa, “Permiso para vivir (Antimemorias)”, sea una obra de peor calidad que otras. Pero, sí quiero dejar constancia de que la admiración por alguien debe partir del conocimiento más OB-JE-TI-VO posible de su obra. Y esto incluye reconocer y saber ver sus posibles defectos.

Para empezar: lo más destacable es que toma contínuamente como inspiración su propia vida. No es que haya tenido una vida aburrida, para nada. Pero ciertamente, casi todos sus protagonistas están, total o en parte, basados en sus propias experiencias vitales. Eso le quita un poco de sorpresa y creatividad al asunto, no lo vamos a negar. Así pues, cuando decidí leer su autobiografía, lo hice también con una pizca de recelo : “ojo, que a lo mejor es más de lo mismo”. Sí y no.

Para quienes no conozcáis nada de la obra de Bryce Echenique, os diré resumidamente que es uno de los autores peruanos más reconocidos internacionalmente, con un número de premios acumulados bastante considerable. También ha estado varias veces entre los posibles Nobel de Literatura. Nacido en una familia adinerada y de muy alto abolengo, dedicarse a la escritura no fue nada fácil para él. Además de la oposición familiar, debió sufrir la precariedad laboral, la pobreza, la emigración, y la confrontación de ideales para con sus seres queridos. Esto ha sido una caldo de cultivo fabuloso que le ha ido de miedo a la hora de crear historias y personajes. Pero el mejor condimento que Bryce Echenique le pone a sus obras no son sus vivencias personales, sino su maravilloso y original enfoque de la vida, las personas y las relaciones. Así como un tremendo y campechano sentido del humor.

Y el Bryce actual. Más parecido a una muñeca cabbage patch kids que al hombre que fue.

Es ésta su arma más potente y con la que compensa con creces su presunta falta de creatividad. Y no me refiero exclusivamente a lo dicho en el párrafo anterior, sino al plagio puro y duro; ese fantasma tan feo que consigue que todo autor señalado como mero sospechoso, ya nunca deje de ser visto por los demás como un puro farsante, poco menos. Vaya, y con razón.

Bien: dicho esto, lo que puedo deciros de “Permiso para vivir (Antimemorias)” es que lo leáis. Pero no sin antes haberle dado algún tiento a alguna de sus obras más biográficas (sin serlo, pues son novelas en realidad), las ya citadas “Un mundo para Julius” y “La vida exagerada…”. Cronológicamente van en este orden, pues la primera narra su niñez, y la segunda su juventud y primer matrimonio. Es más fácil entender la autobiografía si hemos leído las otras dos. Aunque no obligado. Os advierto que para pasar un buen rato basta con que conozcáis sólo algunas de las impresiones de Bryce Echenique para pillarle el punto absurdo a las cosas que le pasan. Porque “Permiso para vivir” tiene mucho de esa interpretación que hace Bryce de las cosas importantes. Yo he llegado a llorar de la risa (!¡) con el capítulo Hugo Jugo. No tiene desperdicio tampoco la historia sobre su tesis doctoral… Pero hay además una parte de gran sensibilidad y emociones, tan propia de este autor como el humor.

Es por algo que la continuación de esta obra se llama “Permiso para sentir”.

Alejandro Magno (Roger Caratini)

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Hoy quiero confesar que vivo enamorada… En realidad no es de la Pantoja, con todos mis respetos por esta señora y las folklóricas en general, sino por el héroe por excelencia de la Historia Antigua, Μέγας Αλέξανδρος, querido Aléxandros III rey de Macedonia desde el 336 a.c. hasta su muerte por (presuntamente, que hay opiniones varias al respecto) paludismo en el 323 a.c. No voy a aburrir a nadie con datos históricos, lo prometo. Para consultar está Google, que recoge casi 2 millones de entradas por esta consulta.
Ha sido siempre admirado, principalmente porque consiguió vencer al Imperio Persa, la madre de todos los Imperios de la Antigüedad anteriores al Romano. Una acumulación tan vasta de territorio que nadie en su sano juicio se planteó conquistar, más por el temor a su gigantesco ejército, que por lo poderoso que fue militarmente. Y no se quedó ahí. Pero he prometido no dar la chapa en plan libro de texto.

No soy nada original buscando fetiches en la Historia, lo sé. Tampoco voy a ponerme romántica contando algunos detalles de lo que los entendidos opinan que pudo conformar su carácter: su ansia de ir más allá, el anhelo incombustible de un chaval que lo único que quería era llegar al final. De algo. De todo. De hecho, no se caracterizó por ser un buen gobernante, porque lo hacía en realidad era conquistar territorio tras territorio, fundar ciudades y puertos (varias Alenjandrías, de las que sólo pervive la ciudad egipcia) y seguir adelante con su ejército, pero dejando en manos de otros la gestión de estas provincias. Puede que esta sed insaciable de ir más lejos estuviera relacionada con las tensiones vividas en la infancia, tanto con su padre como son su madre, algo que convirtió su vida en una espiral de satisfacción por lo conseguido, (hasta el punto de ser considerado un dios, también por él mismo) e insatisfacción crónica al mismo tiempo. Magnánimo en el agradecimiento y terrible en la cólera. Viviendo como si fuera a durar para siempre, y a la vez como si fuera el último día.

Lo mejor de todo esto es que él también era fan y tenía sus propios héroes, a los que quería acercarse tanto en sus logros personales como en los militares. Por ejemplo, la relación tan intensa que mantuvo con su amigo Hefestión, comparable y paralela según él a la de sus idealizados Aquiles y Patroclo, héroes de Troya. O Ciro el Grande, mítico Gran Rey de Persia, que creó el impresionante imperio del que hemos hablado, y al que rindió homenaje en su propia tumba y al que pretendía emular. ¿No es curioso el hecho de que los héroes sean fans de otros héroes?

Bueno, al final algún datillo sí que ha caído. Pero es que es inevitable explicar por qué Alejandro es “el Magno”, por qué desde el mismo día de su muerte fue adorado y admirado. Se dice que tanto Julio César como Augusto fueron a visitar su tumba (hoy aún no sabemos dónde está). A mí, en realidad me encanta el mito por varios motivos, como a miles de personas amantes de las leyendas de la Historia, ya he dicho que me confieso poco original. Pero es que he tenido la suerte de tener en mis manos montones de libros maravillosos (dejo aquí solamente estos dos “botones”: uno es novela, el otro ensayo) sobre el tema que, lejos de dejarle a uno satisfecho con lo aprendido, avivan ese come-come de saber cómo serán otras opiniones, de volver a leer otra vez cómo cruzó el desierto o cómo enloqueció a la muerte de Hefestión, no sé, es como ver una buena peli muchas veces: sabes cómo termina, pero no te cansas de verla. Porque la imaginación es el proyector con el que vemos las películas que narran los libros.